La «Novena» eterna

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Por Fabián López e Itzíar Pertusa

Año 2020. Se cumplen 250 años del nacimiento de Ludwig van Beethoven. Todas las orquestas y coros del mundo habían inundado sus programaciones de la obra de este coloso por doquier, los festivales Beethoven florecían por todas partes (incluida su ciudad natal), están saliendo a la luz grabaciones nuevas, reediciones, biografías y estudios de nueva publicación, solo por citar algunos ejemplos.

¿Quién nos iba a decir a nosotros (y a los organizadores de conciertos y festivales, orquestas y coros) que tanta celebración se iba a ver deslucida, por poner un eufemismo, por culpa de la maldita crisis de la COVID-19? Centenares de Novenas canceladas: olvídense de escucharla en directo a menos que sean capaces de tocar la transcripción para piano que hizo Liszt, una auténtica joya.

A estas alturas de la película, ¿qué se puede decir de la Novena sinfonía en re menor op. 125 de Beethoven «Coral«, que no se haya dicho ya? Tiremos del libro de batallitas del abuelo y veamos.


Por ejemplo, podríamos hablar de su creación y de cómo Beethoven ya había empleado un tema que sería el germen de la Oda a la Alegría en otra obra suya: la Fantasía para piano y orquesta (e incluso en un lied anterior del propio Beethoven llamado Gegenliebe).

O de la obsesión que tuvo Beethoven toda su vida con ponerle música a la Oda a la Alegría de Friedrich Schiller, algo similar a lo que pretendía hacer con el Fausto de Goethe, aunque en este caso el genio de Bonn no nos llegó a deleitar con su interpretación de la obra.

O podríamos hablar de la impronta que ha dejado el op. 125 beethoveniano sobre el resto de compositores que le siguieron, empezando por la denominada «maldición de la novena» (que por sí misma daría para un segundo artículo) a la que sucumbieron compositores insignes como Schubert, Bruckner, Dvořák o incluso el propio Gustav Mahler, quien decidió prescindir del título de “sinfonía” para La Canción de la Tierra, la que debía ser su “novena” por orden cronológico, aunque finalmente acabó muriendo tras componer la obra que sí que lleva dicho título.

También podríamos hablar de la famosa versión que dirigió Leonard Bernstein bajo los restos del recién derribado muro de Berlín en la que decidieron cambiar Freude (alegría) por Freiheit (libertad) para adecuarse a la ocasión.

O de cómo los CD de música estándar tienen una duración de 74 minutos porque es lo que duraba la grabación de la Novena que hizo Herbert von Karajan para el primer CD publicado en la historia, muy a pesar de los directivos de Sony, que querían que fueran de 60 minutos.

O de cómo la Oda a la Alegría se convirtió en el himno de la Unión Europea, mediante arreglo del propio von Karajan, y un recurso musical habitual de anuncios publicitarios, películas y seguramente incluso videojuegos, por no hablar de la tortura china en la que se ha convertido (si el compositor levantara la cabeza…) por culpa de las clases de flauta dulce de los colegios.

O de cómo un concierto en el que se interpretó la Novena en la prefectura de Tokushima en manos de unos prisioneros de guerra alemanes tras la primera guerra mundial derivó en la tradición de interpretar la Novena (Daiku para los japoneses) para celebrar el fin de año en el país nipón (si hay un país en el mundo obsesionado con la Novena, ése es Japón).

O de cómo los compositores contemporáneos se quejan constantemente, y con razón, de que cuando se inaugura un nuevo auditorio o edificio público se programa una Novena en vez de encargar una obra nueva.

O de cómo es la única obra no compuesta por Richard Wagner que se ha interpretado y se sigue interpretando en la Colina Verde, en el famoso Festival de Bayreuth (bueno, vale, con la excepción de algunos musicales que interpretaron las tropas estadounidenses en el teatro durante la ocupación tras la guerra… pero eso es otra historia).

Podrían contarse muchas anécdotas más sobre la Novena (con mayúscula), pero quizá la más conocida es la del día de su estreno: el propio Beethoven, completamente sordo desde hacía años, codirigió la obra junto a Michael Umlauf. Éste dio instrucciones a los músicos para que hicieran caso omiso de las indicaciones del genio de Bonn. A pesar de ello y de la falta de ensayos suficientes, el estreno fue un éxito rotundo. Dado que Beethoven era incapaz de escuchar los aplausos del público, la contralto solista, Caroline Unger, tuvo que girar al compositor para que viera con sus propios ojos la reacción de los asistentes. Dice la leyenda que esa fue la última vez que se le vio en público y que se habría recluido en la casa donde Ludwig moriría tres años después, aunque hay dudas al respecto de la veracidad de dicha leyenda.

Manuscrito subastado por 3,2-4,7 millones

Para mucha gente, el resto de la sinfonía queda eclipsado por la Oda a la Alegría, lo cual desde luego no hace justicia a tamaña obra maestra, especialmente al maravilloso movimiento Scherzo escrito en tiempo ternario pero con sonoridad de tiempo cuaternario (una venganza personal de Beethoven frente a algunos críticos) o el espectacular doble tema con variaciones del tercer movimiento. Beethoven, probablemente uno de los mejores improvisadores de todos los tiempos, brilla especialmente en los temas con variaciones.

Pero sobre todo, la Novena supone un antes y un después en el género sinfónico por un aspecto formal inédito hasta la fecha: es la primera sinfonía que incluye un coro y solistas en su movimiento final, basado en el texto que, como mencionábamos antes, tan presente había tenido Beethoven a lo largo de su vida.

En este célebre cuarto y último movimiento, tras una introducción en la que se repasan los temas principales de la sinfonía escuchados hasta el momento, Beethoven nos presenta el tema principal (tan sencillo, incluso infantil, pero tan maravilloso) en manos de las cuerdas, para luego dar la voz al tenor (O Freunde, nicht diese Töne!), que posteriormente dará paso al coro y al resto de solistas.

Un final que nos da esperanza tras los dos potentes movimientos iniciales, tan dramáticos y con incluso ciertas reminiscencias fúnebres, seguidos de un precioso tercer movimiento. Un precioso canto a la Humanidad compuesto por un artista atormentado considerado por muchos como misántropo, tal y como reflejó el autor en un grito desesperado que se encontró entre sus papeles a su muerte:

«Oigan todos los que me tienen por adusto, malhumorado, misántropo, y que tanto mal me hacen con ese concepto. Estoy incurablemente enfermo. Nacido con un temperamento fogoso e inclinado a la compañía, me he visto forzado a aislarme, pues no puedo decir a los que están conmigo: háblenme fuerte, grítenme, porque soy sordo.»

La influencia de esta decisión de incluir un coro sobre compositores futuros es evidente: de la Sinfonía Fausto de Liszt a varias sinfonías de Mahler (la Resurrección o la Octava, entre otras), pasando por Bruckner y su Te Deum que, según algunos expertos, debía servir de colofón a su inacabada novena, hasta llegar a autores del siglo XX como Shostakovich.

Por todo lo anterior y mucho más, esta obra se ha ganado por méritos propios un lugar esencial en acervo cultural mundial y en nuestras vidas. Se podrían contar muchas más cosas sobre la Novena, tantas que podrían llenar esta revista por completo, pero quizá el mejor homenaje que se le puede hacer es escucharla una vez más, aunque en este momento tengamos que conformarnos con versiones grabadas.


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